Cuando tenía 7 años, quería ser peluquera, embellecer a las personas. Entonces, casi sin querer queriendo, la mamá de una amiga que tenía el pelo muy largo y hermoso "necesitó" de mis servicios… Todas las tardecitas iba a su casa y le hacía una hermosa y larga trenza cosida, mi especialidad (¡!). Y así sacié mi sed de peluquera…
Soy Carla Calvi y esta es la historia de cómo Valentín se convirtió en mi primer gran Héroe.
A los 12 años, quería ser mamá, cuidar y mimar bebés. En ese momento, no había bebé disponible, más que sobrinos de amigas, un hermano de unos 7 años y muñecos bebotes. Con todo eso, más o menos me las arreglé, pero no alcanzó, y así pasé a querer ser famosa: actriz, cantante, modelo, lo que sea con tal de ser admirada… (No hay mucha diferencia con ser madre, solo la cantidad de admiradores, jajaja). Terminé arriba de las pasarelas sin mucho éxito, por lo tanto, decidí retirarme.
A los 15 años, mientras abandonaba mi carrera de modelo, descubrí mi beta de "defensora de pobres", como mi mamá me llamaba. Quería ser abogada penalista, pero no germinó la idea…
En esta búsqueda apareció mi inquietud por la muerte, los más indefensos, las madres frustradas y las familias devastadas. Y así logré, sin querer queriendo, unir algunos de mis sueños…
Y así llegué, sin querer queriendo, a este momento que transformó mi vida, porque transformó mi corazón, mi mente, mis deseos, MIS SUEÑOS.
Cuando somos niños, escuchamos que hay que estudiar para ser "alguien", casarse para tener una familia y que tener un hijo te cambia la vida… Dichos que crecemos creyendo, y como todo lo que yo creo, lo obedezco. Allí fui…
Volé lejos a estudiar para ser "alguien", me casé para tener una familia y tuve una hermosa hija. Mi vida cambiaba, sí… ¡se complicaba! (jaja).
FUI MUY FELIZ CUANDO ACUNÉ POR PRIMERA VEZ A MI HIJA TATIANA. SU PIEL SUAVE Y TIBIA TOCABA MIS LABIOS, NO ME CANSABA DE MIRARLA Y MIMARLA. Algo cambió en mí, es cierto. Ya no fuí la misma, mis intereses cambiaron, mi responsabilidad aumentó y, ni te cuento, el cúmulo de miedos que aparecieron en mi corazón…
Pero no llegó el famoso "cambio" que yo al menos esperaba…
Hasta que un día, sin querer queriendo, me encontré con el día que nunca iba a borrar de mi memoria.
Nueve meses antes del día D, lo conocí. Allí estaba esperándome, tan pequeño y tan grande a la vez, tan débil y, sin embargo, con el corazón más fuerte que conocí.
Recuerdo que se me estremeció el corazón al verlo y que mi compañera interna, la intuición, me susurró al oído…
"No es lo que parece."
Él era Valentín, un enano de 7 años, acostado en su cama, protegido como si fuera de cristal, donde solo se le veían sus verdes ojos y su hermosa pelada.
—¡Hola señora! —me dijo con las pocas fuerzas que tenía en ese momento.—¡Hola, Valentín! ¡Qué lindo sos! —le respondí mientras me sentaba a su lado.
Y ahí me quedé… "a su lado".
Ese niño me enseñó tanto (lo que es el Amor, la Fuerza, la Libertad, la Voluntad y a Vivir), y es cierto, tan cierto como que no aprendí ni la cuarta parte de todo lo que me dio.
En esa época, estaba en lo más alto a lo que podía llegar en mi país y en la provincia donde vivía laboralmente. Trabajaba en una institución pública imponiendo una nueva forma de trabajo, tenía un buen reconocimiento social, trabajos comunitarios, mi propia empresa que crecía día a día, buena posición económica, vivía en una hermosa casa, tenía tres vehículos, un marido y una hermosa hija.
Según lo que la sociedad espera, estaba de maravillas, tenía todo lo que se esperaba para mi futuro.
¿Qué más podía pedir?
Muchos me felicitaban, me querían, me admiraban… Me sentía orgullosa.
Hasta que un día, mi héroe Valentín me preguntó si se iba a morir, ya que padecía una leucemia terminal.
—Sí, mi amor, vas a morir —le contesté mirándolo fijo a los ojos y tomándole sus manitas.—Bueno, me parecía que eso me iba a pasar… —respondió sin titubear, mirando a su alrededor.
—¿Qué buscas? ¿Perdiste algo?—No, no perdí nada. Miraba que de todo lo que tengo acá, nada me sirve.—¿Para qué no te sirven estas cosas? —pregunté, señalando todos sus juguetes.—¡Para llevármelos cuando me muera! —dijo gritándome y mirándome fijo a los ojos, como si yo fuera una tonta (y vaya que lo fui).
—¿Qué me voy a llevar?
Y en ese momento me quedé sin palabras… y contesté con otra pregunta:
—¿Qué te gustaría llevarte?
—Yo quiero llevarme los besos de mi mamá, las cosquillas de mi papá, cuando juego a las cartas con mi nona… y mi traje de Hombre Araña… No, mejor no me lo llevo, se lo regalo a mi hermanito.
Eran las 10 de la mañana de un domingo, llovía mucho, como si el agua quisiera llevarse algo…
Sonó mi celular. Era la mamá de Valentín, asustada. Mi héroe no se sentía bien y quería que yo fuera con él.
Al entrar a su cuarto, lo encontré sentado en su cama, intentando bajar.
—¿A dónde vas? —pregunté, confundida.—A hacer lo que me falta para ser feliz.
Nuevamente me quedé helada…
—¿Qué necesitas, mi amor, para ser feliz? Contame, así te ayudo.—¡Sí, claro! Para eso tenías que venir, para ayudarme a cumplir lo que tengo que hacer.
Bajó de la cama y salió al jardín. Tomó una pelota, la colocó bajo su brazo derecho, caminó hasta un extremo del patio, la dejó en el piso, estudió sus movimientos y la pateó.
—¡Vamos, jugá conmigo! Vos sos la arquera y yo te tengo que hacer dos goles.
Y así fue. Fui la peor arquera del mundo y me hicieron más de diez goles.
Después de jugar, me dijo que estaba cansado y que lo llevara a su cama. Durmió dos horas. Al despertar, reconocí su sonrisa… era la última.
Mi corazón y el de él sabían que había llegado el momento de partir.
Tomó su primera y última chocolatada, se besuqueó hasta agotarse con su mamá, su papá lo invadió de cosquillas hasta cansarlo y su hermanito estrenaba su nuevo traje de Hombre Araña.
Y yo observaba…
Me acerqué para saludarlo, ya debía irme, y mi héroe me abrazó y no me soltó.
Comenzó a llorar y, entre lágrimas, me dijo:
"Enseñale a mi mamá a ser feliz."
Y su cuerpo se detuvo. Allí murió.
En mis brazos.
Y en ese momento, algo murió en mí… y, como siempre que algo muere, algo nuevo nace.
En ese momento, NACÍ.
Nació mi necesidad de honrar la vida, de ser mamá, de acumular la fortuna más grande del mundo en besos, abrazos, sonrisas y caricias de las personas que amo.
Gracias, Valentín.